La urticaria se caracteriza por la aparición súbita de lesiones cutáneas llamadas habones (de morfología variable), que habitualmente ceden en horas. Suelen provocar un picor intenso y se producen por la salida de líquidos desde los vasos sanguíneos a un nivel superficial de la piel.

En el angioedema, la extravasación se localiza en planos más profundos (tejido celular subcutáneo), por lo que su principal manifestación es la tumefacción o “hinchazón”. Normalmente no produce picor y afecta preferentemente a la cara, extremidades y área genital. Ambos son distintas manifestaciones de un mismo proceso y, con frecuencia, se presentan asociados.

El curso de la urticaria/angioedema es variable, aunque habitualmente evoluciona en brotes repetidos de lesiones. Cuando la duración de los brotes excede de 6 semanas, convencionalmente se habla de urticaria crónica. En el resto de los casos se diagnóstica urticaria aguda, aunque normalmente los brotes se controlan en horas o en pocos días.

La urticaria aguda es una entidad muy frecuente que afecta al 10-20% de la población en algún momento de su vida. Son múltiples las posibles causas de urticaria, aunque en la inmensa mayoría de los casos no es posible determinarla. Para su diagnóstico es imprescindible la colaboración del paciente, que debería apuntar todo lo realizado en las 12 horas previas al brote. Cuando por la historia clínica no se establece ninguna sospecha, no está indicado realizar ningún estudio de la posible causa.

En los pacientes con urticaria crónica siempre debe investigarse su origen mediante un protocolo diagnóstico muy amplio, aunque sólo en el 20% de los pacientes se consigue averiguarlo. Los restantes quedan etiquetados como urticaria y/o angioedema idiopático (de origen desconocido) crónico. La evolución de estos casos es imprevisible y, aunque normalmente ceden en el margen de meses, pueden persistir años.

En los casos que se establece el diagnóstico, éste puede ser por mecanismo alérgico o no y, entre las causas más relevantes de urticaria aguda y/o crónica, destacan:

  • Reacciones a fármacos: Los más frecuentemente implicados son los antibióticos betalactámicos (derivados de la penicilina) y los antiinflamatorios no esteroideos (AINES), aunque cualquier medicamento es potencialmente alergénico y puede desencadenar una reacción alérgica manifestada como urticaria y/o angioedema.
  • Reacciones por alimentos y aditivos alimentarios: Leche, huevo, frutos secos, legumbres, especias, verduras, frutas, pescados, carnes y cereales (entre los alimentos) y colorantes, conservantes y saborizantes.
  • Reacciones alérgicas al látex.
  • Reacciones alérgicas a parásitos (anisakis).
  • Reacciones a transfusiones de sangre y hemoderivados.
  • Infecciones: Bacterianas, fúngicas, víricas (mononucleosis infecciosa, hepatitis, etc.) o parasitarias (hidatidosis, anisakiasis, etc.).
  • Insectos (incluido veneno de himenópteros).
  • Enfermedades autoinmunes, vasculitis y enfermedad del suero.
  • Tumores.
  • Urticarias físicas: Colinérgica, por frío, por presión, solar, acuagénica.
  • Urticaria por ejercicio.
  • Urticaria pigmentosa o mastocitosis.
  • Enfermedades hereditarias: Angioedema hereditario por déficit de C1 inhibidor, urticaria por frío con componente hereditario, deficiencia de inactivador de C3b.

En los casos mencionados de origen alérgico, la vía de exposición que desencadena la urticaria puede ser la ingestión, la inoculación o el contacto. En estos últimos casos se denomina urticaria de contacto (por ejemplo con el látex). El diagnóstico de la urticaria alérgica se realiza mediante tests cutáneos (prick-test) y, en ocasiones, determinación de IgE específica (CAP).

Con frecuencia se confunden los términos urticaria y reacción alérgica. Pero, como se ha expuesto, los episodios de urticaria por mecanismo alérgico sólo son una parte del total de los casos de urticaria, ya que en la mayoría el origen se queda sin diagnosticar.

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